
El pasado 22 de Julio se produjo uno de los eclipses totales de sol más largos que se recuerdan. Fue visible sólo desde algunos países del sudeste asiático y la fase de ocultación total del sol duró casi siete minutos.
Nunca he tenido más interés por estas cosas que el que pueda tener cualquier persona no aficionada a estos temas, pero me ofrecieron la posibilidad de ir a verlo a China y me apunté sin pensármelo demasiado. Los aficionados a la astronomía ya habrán descubierto, desde mi segunda frase, que todo lo que yo sé de eclipses es lo que he leído antes del viaje y lo que me fueron contando mis compañeros de grupo en el largo camino hasta Wuzhen, lugar escogido por ellos para verlo.
En las reuniones preparatorias que tuvo la expedición y durante el trayecto de ida me fueron resolviendo dudas y me hablaron, con gran pasión, de lo gratificante que es esta experiencia. Debo confesar que, si bien contemplar un eclipse es algo que siempre es interesante, no terminaba de entender la euforia contenida que todos tenían ante la experiencia que iban a vivir y, aunque nadie mentaba la soga en la casa del ahorcado, me preguntaba que pasaría si después de tantos kilómetros el día amanecía nublado y el fenómeno finalmente no era visible.

Llegó el gran día y amaneció con lluvia, esa lluvia que sólo cae en Asia, intensa y monzónica, que no es que no te permita ver el cielo, es que no ves a dos metros de distancia. Los peores presagios por tanto, los nunca verbalizados, se cumplieron. El eclipse, que en todas sus fases tenía una duración de casi tres horas, difícilmente sería visible, ni donde estábamos, ni en una distancia razonable desde el punto en el que nos encontrábamos. No obstante mantuvimos el programa previsto y con telescopios, cámaras y artilugios varios nos fuimos al viaducto en construcción, a varios kilómetros de la localidad más cercana, que utilizaríamos de plataforma para el visionado. Allí montamos los equipos y nos preparamos para la ocasión como si el agua fuese a remitir, pero no sólo no lo hizo sino que a la hora en la que la luna empezaba a interponerse con el sol, la torrencial lluvia nos obligó a refugiarnos debajo del puente –los que eligieron el lugar nunca pensaron lo oportuno que fue elegir un puente y no un descampado- donde tuvimos que permanecer veinte eternos minutos. Aunque se seguía sin hablar de la contingencia, las caras expresaban el desánimo y la frustración de quienes habían hecho tan importante esfuerzo para nada.
Cuando más bajo de ánimos estábamos y cerca ya del momento en el que el sol se ocultaría por completo, dejó de llover y se abrió un esperanzador claro que nos hizo volver a nuestra posición original y a reinstalar todos los equipos. Cuando pudimos ver por fin la silueta del sol, éste se mostraba como sonriendo, como si fuese un emoticón de esos siempre sonrientes y conseguimos ver como se ocultaba totalmente y vivir esa indescriptible sensación de estremecimiento que siente tu cuerpo cuando en un lapso de dos o tres segundos, inesperadamente se hace de noche, las temperaturas bajan y los animales, desconcertados se muestran nerviosos. En nuestro caso, que estábamos en una zona de arrozales las ranas comenzaron a croar como si la vida se les acabara. Unos instante antes de todo esto logramos ver lo que me dijeron se conoce como las perlas de Bali, unos reflejos de luz fugaces formados por los cráteres de la luna, antes de la total oscuridad.
Como digo las sensaciones que se tienen en esos escasos segundos son indescriptibles, lo único en lo que pensé es en que por fin entendía por qué a lo largo de la historia se le ha temido tanto a estos extraños fenómenos. Para mi que sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo es difícil describir las sensaciones sentidas, cuanto más para quien no sabe nada ni lo espera.
Tras varios minutos de oscuridad total –en este caso más de seis- volvió a clarear el día, ahora sí de forma progresiva y todo fue volviendo poquito a poco a la normalidad, aunque el sol tardó nuevamente más de una hora en lucir sin que la luna interfiriera. Unos minutos después de volver la luz diurna, nuevamente el sol fue tapado por las nubes que sólo respetaron el momento del eclipse total y volvieron las torrenciales lluvias que esta vez no consiguieron aguar el ánimo de nadie.
Una interesante y bonita experiencia, por tanto, que recomiendo a todos los que no lo hayan vivido. El próximo eclipse total de sol se espera para el próximo verano en la isla de Pascua, en Chile, se aceptan propuestas.