Hoy dice el periódico que ha muerto un hombre que conocí, así empezaba una canción de Sabina (aunque el hablaba de una mujer) que me ha venido a la cabeza al leer hoy el obituario de Alejandro Robaina. En realidad murió el pasado 17 de Abril en Pinar del Río a los 91 años de edad, pero la noticia se ha publicado hoy.
Alejandro era una leyenda en el mundo del tabaco y el único cubano que consiguió tener en vida una marca y seis vitolas de habanos con su apellido. Mantenía la mayor parte de la propiedad de las tierras donde se cultivaba su producto, a pesar de los intentos de Fidel por cooperativizar la finca, ya que consideraba que la plantación del tabaco debía ser familiar y artesanal.
Seguía todo el proceso de elaboración de sus habanos al pie del cañón –el ojo del amo engorda el caballo- y era habitual encontrarlo en sus plantaciones cercanas a Pinar del Río. Allí lo encontré un mediodía de verano hace ya diez años y de su propia voz escuché como se elaboraba tan exquisito producto, a la par que compartíamos ron y unos puros de “no fumadores” (cuando me ofreció uno de sus puros y le dije que yo no fumaba, le pidió a una de las chicas que trajera un puro de “no fumadores”, con la mitad de tamaño de uno normal).
Agradable encuentro con un guajiro que era memoria viva de la industria del tabaco de Cuba y una persona de una hospitalidad excepcional.
Alejandro era una leyenda en el mundo del tabaco y el único cubano que consiguió tener en vida una marca y seis vitolas de habanos con su apellido. Mantenía la mayor parte de la propiedad de las tierras donde se cultivaba su producto, a pesar de los intentos de Fidel por cooperativizar la finca, ya que consideraba que la plantación del tabaco debía ser familiar y artesanal.
Seguía todo el proceso de elaboración de sus habanos al pie del cañón –el ojo del amo engorda el caballo- y era habitual encontrarlo en sus plantaciones cercanas a Pinar del Río. Allí lo encontré un mediodía de verano hace ya diez años y de su propia voz escuché como se elaboraba tan exquisito producto, a la par que compartíamos ron y unos puros de “no fumadores” (cuando me ofreció uno de sus puros y le dije que yo no fumaba, le pidió a una de las chicas que trajera un puro de “no fumadores”, con la mitad de tamaño de uno normal).
Agradable encuentro con un guajiro que era memoria viva de la industria del tabaco de Cuba y una persona de una hospitalidad excepcional.
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