Para alguien del sur acostumbrado a esos paisajes secos y amarillos encontrar un horizonte con infinitos gamas de verde es algo increíble. Poder tumbarse en el césped de los parques, tras comprobar por activa y por pasiva que no desavienes ninguna norma y que no hay ningún cartel con el consabido letrero “prohibido pisar el césped” es algo que, solo los que vivimos en estado de sequía permanente –aunque precisamente este año no sea el caso- sabemos valorar. Es como si de pronto te transportaras a un séptimo cielo del que no tienes ninguna intención de irte.
Claro que cuando te llevas varios días en este nirvana descubres el secreto, tiene un precio a pagar y es el de una permanente y diaria lluvia. De día, de noche, en verano, en invierno... lluvia pertinaz que, aunque no suele tener gran intensidad, si cae con anglosajona constancia.
Esta insistente lluvia es responsable también de otro característico color de estas latitudes y es el blanco lácteo de la tez de todos los irlandeses. Blanco inmaculado, incluso enfermizo dirían las abuelas de mi tierra. Cara blanca de no exponerse al sol en días.
Disfrutemos del viaje lo que podamos y guardemos las verdes fotos en sus álbumes, el precio es alto para quien, como yo, necesita el sol más que al césped.
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