
Cuando viajamos todos tenemos tendencia a repetir los mismos recorridos, esos que nos marcan las guías de viajes y que consideramos imprescindibles. El tiempo –siempre limitado- hace que pocas veces nos aventuremos más allá de los caminos trazados y, lógicamente, esto nos hace ignorar cosas que, la mayoría de las veces, tienen más que ver con la esencia de los lugares visitados que esos otros caminos trazados.
Uno de esos lugares presente en todas las ciudades del mundo y que pocas veces nos entretenemos en recorrer, son los mercados de abastos. Salvo excepciones, no los veremos señalados en ninguna guía de viajes. Los mercados tradicionales, los de toda la vida, con sus frutas, sus pescados y sus carnes. No hay lugar más indicado para tomarle el pulso a cualquier ciudad que sus mercados y esa actividad y ese fluir de la vida que se genera en torno a ellos.
Uno de esos lugares presente en todas las ciudades del mundo y que pocas veces nos entretenemos en recorrer, son los mercados de abastos. Salvo excepciones, no los veremos señalados en ninguna guía de viajes. Los mercados tradicionales, los de toda la vida, con sus frutas, sus pescados y sus carnes. No hay lugar más indicado para tomarle el pulso a cualquier ciudad que sus mercados y esa actividad y ese fluir de la vida que se genera en torno a ellos.
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