jueves 21 de octubre de 2010

Bebelplatz


La Bebelplatz berlinesa es una visita obligada a cuantos turistas pasean por la capital alemana. Ese rincón encierra varios edificios: La universidad -con sus columnatas clásicas y ornamentos barrocos-, la estatua ecuestre de Federico el Grande, la catedral de Santa Eduvigis, el hotel Roma... pero para mí el monumento más importante de la plaza es uno que pasa desapercibido para el paseante no informado, sobre todo si la visita de día. En el centro de la plaza una baldosa de cristal –que de noche emite un fulgor blanco- encierra una estancia inmaculadamente blanca, llena de estanterías vacías.

El monumento es obra del artista israelí Micha Ullman y recuerda la quema de libros que ocurrió en ese mismo lugar el 10 de Mayo de 1933. La hoguera fue alimentada por 20.000 ejemplares de libros que, según el régimen, iban en contra del espíritu alemán. Libros de 24 autores, todos alemanes, que sirvieron de combustible para la hoguera del odio. Erich Kästner fue el único de los veinticuatro que presenció en directo la quema de sus libros. Stefan Zweig –otro de los escritores- le escribió a un amigo de Leipzig: “aquella fiesta que organizaron con mis libros no me alegró ya que ahora en el extranjero me consideran un héroe o un mártir, lo que no soy”.

Más de cien años antes Heinrich Heine ya había escrito: “esto es sólo el preludio, en donde se queman libros, se queman al final también a personas” (frase escrita en una placa en el suelo de la misma plaza). Una vez más es necesario recordar aquello de que “el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”.